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sábado, 19 de noviembre de 2022

LA DEMOCRACIA NUESTRA DE CADA DIA



En el Perú nos declaramos como una republica democrática, porque nos gobernamos con una constitución republicana, también porque tenemos una división de poderes entre ejecutivo, legislativo y judicial, y porque accedemos a elecciones universales cada cinco años; asimismo proclamamos que nuestra democracia es representativa, porque los parlamentarios que elegimos están supuestos a representar los intereses del sector social por el cual fueron elegidos.

Legal y documentariamente está todo correctamente escrito, pero hagamos un análisis mas acucioso de la forma como funciona nuestra supuesta democracia representativa en el mundo real.

En primer lugar, deberíamos recordar que nuestra democracia se funda en una constitución aprobada en el marco de un estado de cruenta dictadura, que abolió una serie de derechos ciudadanos, persiguió inmisericordemente a sus enemigos políticos, así como depredó los recursos del estado en provecho personal.

En nuestro sistema democrático, asistimos a las urnas cada cinco años para elegir presidente y parlamentarios y cada tres años para elegir alcaldes y regidores.

Las leyes electorales vigentes reconocen legalmente a los partidos políticos que se inscriben ante el Jurado Nacional de Elecciones con una cantidad determinada de firmas de adherentes y acreditando un número de locales políticos a lo largo del país; esta norma supone asegurar que los partidos inscritos tengan una real representación dentro del electorado.

La evidencia demuestra que la recolección de firmas para los planillones electorales se ha convertido últimamente en un buen negocio de algunas empresas que trabajan con las bases de datos que se suben a la nube informática, de manera que con un buen presupuesto se puede evitar estar caminando en las calles tratando de convencer a las personas para que firmen un planillón de adherentes y conseguir los planillones con nombres, DNI y firmas digitalizadas con mayor facilidad.

De la misma forma vemos como con un aporte económico, el dueño de una vivienda o un pequeño negocio consiente poner un banner, unos afiches o una bandera de propaganda y este se convierte prontamente en un local político para el partido solicitante.

Esto abre el camino para que cualquier élite con el suficiente poder económico y algo de relevancia social, que le permita figurar en la opinión pública, pueda fundar un partido político y hacerse dueño del mismo para sus propósitos particulares.

Las mismas leyes que regulan los procesos electorales le entregan al partido político la facultad elegir y posicionar a los candidatos que presentarán al proceso electoral, en el entendido que los presentará en orden a la calidad y capacidad de cada uno de ellos.

La realidad es que, desde que el partido político perdió la capacidad de sostener un efectivo enlace con el elector, lo que le brindaba la legitimidad necesaria para representar a determinado sector social, la élite que se hace dueña del partido tiene el poder de nombrar a los personajes mas allegados a sus propios intereses como candidatos, con la finalidad de obtener cuotas de poder que les permitan manipular en mayor o menor grado las funciones del estado.

Es materia conocida que una carrera electoral requiere de una campaña publicitaria gigantesca, si se pretende alcanzar alguna cuota de representación, y la publicidad, que incluye spots y entrevistas en TV, radio, periódicos, así como paneles y banderolas en puntos claves, y por supuesto los afiches, pegatinas, murales y volantes, incluyendo los gastos de transporte, equipos de sonido, iluminación y tribunas para los mítines públicos, requiere de un presupuesto voluminoso.

¿Cómo se provee el dinero suficiente para una campaña electoral? No es un secreto que los candidatos que quieren figurar en la lista de un partido tienen que ofrecer su aporte y que de acuerdo al monto desembolsado será su posición en la misma, aun aparte  de lo que deberán invertir en sus propias campañas personales; pero no será suficiente, aun cuando el/los dueños del partido también tendrán que arriesgar su propio patrimonio; será necesario convocar los capitales de inversionistas mayores, de los que juegan sus intereses en las altas esferas del mercado nacional e internacional, para ello tienen que comprometer sus intenciones políticas al favorecimiento de los intereses de sus capitalistas.

No es de extrañar en estas circunstancias que algunos dueños de partidos estén dispuestos a negociar su financiación con dinero sucio proveniente de actividades ilegales.

A fin de cuentas, votamos por un partido, porque las normas no permiten que un ciudadano sea candidato a un puesto si no es postulado por un partido, y los votos emitidos en favor de un partido establecerán el porcentaje de puestos que este ocupará en el parlamento, cuyos candidatos habrían sido determinados por el método que el dueño del partido ha establecido.

Finalmente, la paradoja, los supuestos representantes elegidos por su partido y a través del voto popular, una vez que toman posesión de su puesto, la misma ley que los llevó a esa posición, les otorga el poder total, no tienen ninguna obligación con el partido que los postuló, de hecho muchos cambian de partido a mitad de su mandato, ni tampoco con los electores que supuestamente representa, a partir de entonces es dueño de sus propias opiniones y razonamientos, no esta obligado a dar cuenta de sus actos; es más, la ley cubre de protección al parlamentario de tal manera que puede cometer delitos, como se ha comprobado reiteradamente,  y no va a ser puesto a disposición de la justicia, será juzgado solo por sus pares; de allí el dicho popular: “otorongo no come otorongo”.

Lo que en realidad sucede es que no elegimos representantes, elegimos delegados; el sistema electoral está diseñado en el entendido que el ciudadano no es suficientemente capaz de tomar decisiones de estado, por lo cual mediante el voto delegamos este poder de decisión en otra persona que supuestamente seria la más capacitada para hacerlo, por tanto, este será el que tome las decisiones por nosotros según su propio criterio, no importa cuál sea nuestra opinión al respecto. Nuestra democracia debe llamarse delegativa no así representativa.

Asimismo, sucede con la elección del presidente, este es electo bajo el auspicio de un partido, el cual corre con la campaña electoral, es decir se encarga de toda la operación publicitaria del candidato, generalmente bajo la dirección de una compañía de marketing que es contratada para el efecto; bajo estos parámetros el candidato se convierte en una mercadería, que debe ser vendida en un mercado ciudadano.

El candidato a presidente no necesita de un plan de gobierno, que suele ser voluminoso, intenso y aburrido, ya que la gran mayoría de la población no lo leerá, lo que los publicistas le proveerán será de una serie de cortos slogans que consideran son contagiosos, que resaltan necesidades y que empatan con ideas claves de la población objetivo.

El candidato nominado debe contener una personalidad resaltante, facilidad de palabra para llegar a la población, usar sus gestos y lenguaje corporal para impactar en los medios, de manera que la gente pueda identificarse con él; la verdad es que la publicidad se encargará de construir una imagen vendible de la persona que deciden lanzar a la carrera electoral; la meta es convertir al personaje en una super estrella con una inmensa cantidad de fans, ya sea por su atractivo físico, su verborrea, su manera de vestir o su historial personal, todo se convierte en un instrumento para ganar los votos que les hagan llegar al poder.

Por supuesto, una vez que el candidato llega a ganar la posición, igual que en el proceso de los supuestos representantes, no tiene ninguna obligación legal que lo ligue al partido que lo llevó al poder, ni mandato a cumplir con un plan de gobierno que no escribió y que posiblemente tampoco leyó, tampoco obligación de cumplir promesas que vertió durante la campaña, menos aun de sentirse obligado a mantener un vínculo con la ciudadanía que voto por él; el único control al que se somete es al del parlamento y al de los poderes fácticos que sostienen la economía del país.

Algo más que debemos tener en cuenta es que el sistema político no solo se maneja desde los poderes del estado, existe todo un ejército de funcionarios encargados de poner en movimiento una extensa y complicada maquinaria burocrática que hace que el país marche en una u otra dirección; funcionarios que han sido formados y adiestrados en una cultura de supervivencia, donde la competencia es por cumplir un horario con el menor esfuerzo posible, donde se premia la performance pasiva para no crear problemas y conservar el puesto de trabajo, donde se abre el campo para la expansión de la corrupción en todos los niveles y con la capacidad de boicotear cualquier iniciativa que pretenda cambiar el estatus quo.

Es un ejercito de funcionarios mediocres, porque el estado privilegia el ahorro presupuestal sobre la calidad, los bajos salarios que ofrece un puesto en el gobierno hace que los mejores profesionales opten por la empresa privada; en un país con una elevadísima tasa de desempleo, una posición en el gobierno, donde las exigencias de competencia son bajas y la estabilidad laboral es garantizada, significa un tabla de salvación para muchos que no logran cumplir los estándares de la empresa privada.

En este contexto podemos entender que no importa quien o quienes salgan elegidos como gobernantes o supuestos representantes, puede ser joven o viejo, hombre o mujer, capitalino o provinciano, de un partido o de otro, de izquierda, centro o derecha, intelectual o iletrado, aunque tenga las mejores intenciones para lograr un cambio que favorezca a las grandes mayorías, no tendrá campo de acción para lograrlo, el sistema se encarga de engullirlo dentro de su gran maquinaria; las opciones que tiene son: adaptarse o verse expulsado.

En definitiva, el sistema político esta diseñado para reproducirse, con todas sus deficiencias y perversidades, nuestra democracia camina en un circulo vicioso, donde pueden cambiar las caras, los nombres, los colores políticos, pero no el sistema, que continuará produciendo la misma calidad de políticos, que seguirán haciendo las mismas cosas que sus antecesores.

La confirmación de lo expuesto está a la vista, cuando solo en la última década hemos tenido tantos presidentes, de diferentes extracciones sociales y políticas, tantos parlamentos que fueron revocados y vueltos a elegir, pero sin embargo cada cual, pese a las promesas y discursos, termina igual o peor que el anterior.

Romper el círculo sistémico, implica cambiar las reglas de juego, crear una nueva legislación electoral, en primer lugar, luego normar las funciones y obligaciones de los representantes políticos, estipular el mandato popular en la representación de los mismos, modificar la estructura del estado en todos los niveles, tal que se adecúe a las necesidades de un aparato funcional y moderno,  construir una nueva generación de funcionarios públicos capaces de afrontar los retos del desarrollo nacional, modificando el escalafón de personal, las escalas salariales y elevando los estándares de calificación para cada posición.

Cambios radicales que requieren un nuevo pacto social, porque la evidencia demuestra que el presente no está funcionando, vivimos de crisis en crisis en una espiral de violencia social y política que amenaza con explotar; nuevas elecciones en las mismas condiciones no traerán una solución, solo nos traerá más de lo mismo.

Por esta razón la lucha por una nueva constitución debe ser el punto de quiebre de la reconstrucción nacional, y esta reivindicación debe ser explícita en la necesidad de crear un vínculo real y estable entre los electores y sus representantes, que es la clave del éxito de una democracia.

 

lunes, 2 de agosto de 2021

¿DE QUE DEMOCRACIA HABLAMOS?


Nuestra democracia adolece de dos serias limitaciones en el campo de la representación; el sistema electoral otorga una gran cuota de poder a los partidos, de manera que ningún candidato puede postularse sin el respaldo de un partido, lo que genera que los “dueños” de los mismos den prioridad en la lista a sus más allegados o los que pueden contribuir mejor a sus intereses.

La peor consecuencia de ello es que salen elegidos no las mejores personas, sino los que son más dóciles a los fines particulares del partido, muchos salen electos no por una votación personal, sino por el arrastre del candidato presidencial, incluso algunos de ellos son  elegidos en su jurisdicción pese a que obtuvieron menor votación que alguno de sus contrincantes, gracias a una cifra repartidora que pone en ventaja a los partidos que obtienen mejor votación a nivel nacional; esto explica en buena parte la calidad de congresistas que tenemos, muchos de los cuales sería inútil pedirles actuar con inteligencia, pero al menos deberíamos exigir un poco de decencia y honor.

Una segunda debilidad de que adolece el sistema es que los llamados representantes, no lo son realmente, porque no tienen la real representación de las necesidades y opiniones de sus electores, lo que reciben tras el voto ciudadano es una delegación de poderes para tomar decisiones en nombre de esos electores, es como si aceptáramos que el ciudadano por sí mismo no tiene la capacidad de decidir acerca de su propio bienestar, lo que hace necesario que elijamos a alguien que si tiene la capacidad de saber que es lo mejor para nosotros; como hacen los padres con sus hijos, ¿será por eso que les llaman “los padres de la patria”? sin embargo lo que usualmente hacen es usar ese poder adquirido para satisfacer intereses personales o de grupo; no existe un control ciudadano sobre sus comportamientos, más aún están protegidos por la inmunidad de sus cargos.

Los cambios sociales que han ido produciéndose desde la última década del siglo XX con la globalización, han relativizado las clases sociales tal como fueron definidas en ese siglo, tales que eran representadas por los partidos tradicionales; la sociedad del siglo XXI presenta un reto que estos no han podido recoger; sin el sustento de una ideología, convertida en doctrina la cual servía de aglutinador de las huestes de militantes y simpatizantes, se quedaron sin la herramienta  que logre conectarlos con la realidad social actual para conseguir adherencias, lo que los ha convertido en prácticos clubes sociales, que se activan únicamente para los periodos electorales, como vientres de alquiler, con la finalidad de conseguir alguna cuota de poder en estructura del Estado.

Uno de los cambios urgentes que necesitamos para recuperar el poder de nuestra democracia y salir del circulo vicioso que nos tiene empantanados en estas luchas por el poder que se dan entre las diferentes mafias de corruptos, es desempoderar a los partidos de su preeminencia dentro del sistema electoral, permitir que cada ciudadano tenga la oportunidad de postularse dentro de su comunidad, sin tener que someterse o afiliarse a las exigencias de un partido, simplemente conseguir cierta cantidad de firmas en su área y los votos necesarios en unas primarias; cada representante puede tener afiliación o ser simpatizante de cualquier partido, pero eso no determina su candidatura.

Entendamos que no se trata de llegar a la figura de un partido único, ni de prohibir la existencia de partidos políticos, estos seguirán existiendo, pero no serán determinantes en la elección de representantes; una forma de eliminar la dependencia de los candidatos a las determinaciones de los jefes de un partido, de manera que su elección signifique un servicio a la patria que los eligió y no al partido que los postulo.

Esta forma de elección debería ir acompañada de un sistema que relacione al representante directamente con sus electores; comprendiendo que si se trata de elegir 130 representantes, como los hay actualmente, debemos tener igual número de distritos electorales, de manera que las regiones tengan tantos distritos como corresponda a su población, y en tanto cada distrito elija su representante, será oportunidad para que lo conozca más cercanamente y pueda ejecutar los mecanismos de control necesarios sobre su gestión.

La otra gran falla de nuestro sistema democrático es, como lo explique, que nos impone un régimen inverso; el significado etimológico de la democracia es “gobierno del pueblo” pero en la actualidad lo que hacemos es delegar todo el poder en una elite que hace uso de ella desligándose de la fuente de donde emana su poder, con el privilegio de no tener obligación de dar cuenta a nadie erigiéndose como soberanos de los destinos del país.

El enlace entre el representante y sus electores debe convertirse en mandatorio, además de estar sujeto a fiscalización permanente; lo que significa que el representante elegido no actúa por si, no tiene voto de conciencia, ni opinión relevante más allá de lo que sus electores, a quienes representa, le faculten.

Cada voto en el congreso, por lo menos cada proyecto de ley tendría que ser difundido y debatido en sus bases para luego remitir el mandato aprobatorio o desaprobatorio por medio de su representante; nada imposible, ni siquiera demasiado complicado en el mundo digitalizado que hoy vivimos.

Un nuevo tipo de organizaciones políticas se hace necesario, como respuesta a las innovaciones que con la globalización han emergido trasformando las sociedades humanas en el mundo entero.

La muerte de las ideologías, que dominaron el espectro político el siglo pasado, atravesó la estructura de los partidos existentes, circunstancia que abrió las puertas para que sean infiltrados por personajes arribistas que solo pretenden ocupar puestos desde los cuales puedan usufructuar las arcas del Estado en provecho propio.

Estas nuevas organizaciones políticas necesitan mostrar una estructura menos ortodoxa, con una militancia que acoja la diversidad; descentralizada, que permita diferentes grados de autonomía en sus bases; capaz de representar las necesidades de cada sector y el respeto de sus derechos.

Estas son las claves necesarias para sentar las bases de todos los cambios que urgen en el país, desde estos cimientos se puede lograr la modernización y la universalidad de la educación, la ampliación de los servicios de salud, así como la promoción de nuestra economía a los primeros lugares en América.

Cambios cuya ejecución exige un cambio radical en nuestra constitución; la cual debería centrarse en el modo en que se toman las decisiones, antes de que los temas específicos de cada sector, los cuales pueden ser discutidos por los representantes para convertirlos en leyes.

El cambio de constitución requiere de una asamblea constituyente, pero nos volvemos a trabar si pretendemos formar esta dentro del sistema político existente, tendremos otro esperpento político tal como consecutivamente los hemos tenido en el congreso; es imperativo que se inicie el cambio del sistema electoral con esta nueva asamblea y no caigamos nuevamente en el mismo circulo vicioso en el que nos tienen atados desde el inicio de la era republicana.